Nuestros vínculos actuales están directamente relacionados con nuestros vínculos pasados, exactamente con los primarios, con nuestra infancia.
Nuestros padres, a su modo, incluyendo todo lo no resuelto por ellos mismos, nos transmitieron, nos enseñaron una forma de amar, de hecho «amamos tal cual nos amaron».
Nos relacionamos con nuestros pares y nuestro entorno acorde a lo que aprendimos de niños.
Nosotros como adultos no somos responsables de todo lo recibido en nuestra infancia, pero si somos responsables hoy, de modificar lo tóxico, lo heradado, lo patológico y lo enfermo en relación a la elección y forma de vincular.
Repetimos inconscientemente el modelo que aprendimos, lo conocido, las estructuras familiares primarias.
El amor que recibimos y brindamos en el presente, reproduce las características innatas que vivimos en otros tiempos.
Su forma hoy, es la copia fiel, una mera repetición de lo vivido atrás.
Es muy importante ser conscientes de nuestras elecciones vinculares, qué elegimos, por qué, qué recibimos, que exigimos, experimentamos y qué reclamamos al otro.
La importancia de ahondar en esta problemática me llevo a investigar y decidir dar un Seminario Vivencial para poder dar así las herramientas necesarias para poder comenzar con un camino resolutivo y con herramientas nuevas.
Muchas veces el miedo a la soledad y a la muerte, nos condicionan las elecciones vinculares.
Al ser humano le cuesta mucho comprender la diferencia entre dos términos: solo y soledad. Estar solo con uno mismo, es sentirse pleno, en eje, seguro de si mismo e implica un grado de evolución absoluto.
En cambio vivir en soledad significa sentir angustia, miedo, opresión, y desamparo.
Las elecciones de pareja, en muchos casos, están teñidas y condicionadas por este miedo a vivir en soledad y a la finitud de la vida.
Las elecciones vinculares, desde este lugar, pueden ser con un otro complementario o con un par, un otro complementario significa dependencia e inseguridad.
Vivir con un par vincular es vivir  libre, feliz, seguro de mi mismo y del otro.
El amor verdadero ama en paridad, no idealiza defensivamente al otro, el amor de verdad incluye la imperfección y la aceptación.
No hay que olvidar que uno le reclama al otro lo no resuelto por uno mismo, ya que el otro es un espejo de mis conflictos y mis pendientes no resueltos.
Nuestro árbol familiar guarda la propia historia, en él conviven los dolores y los aprendizajes que capitalizados correctamente nos van a permitirán sanar.
La familia de base es nuestro origen pero no necesariamente nuestro destino.
Sanar el amor en los vínculos es un paso importante en la evolución, resolución y sanación de nuestra vida.
Lic. Verónica Gomelsky
M.N. 23684